farc-camiselecDesde hace unas semanas, el presidente Santos y su séquito vienen dando señales de querer pararse de la mesa de La Habana o, por lo menos, de meter el cañazo de que lo están pensando. Eso podría tener como explicación el hecho de que Santos necesita presionar a las Farc para que le firmen cualquier cosa, pues aunque muchos piensan que el acuerdo está cocinado esa creencia va en contravía de la situación real que puede verse con un Presidente al que han dejado colgado de la brocha en medio de un grave desprestigio.

Es cierto que en esto caben muchas especulaciones, pero la idea de un acuerdo secreto entre Santos y las Farc, aunque no puede descartarse, es difícil de argumentar. Más bien, como hemos dicho desde el comienzo, este es un sainete idéntico al del Caguán, donde hay un presidente engañado, pensando en vanidades personales y no en el bienestar del país, y una guerrilla que no tiene verdadera voluntad de paz sino que se mantiene en su objetivo de tomarse el poder, para lo cual los diálogos son un elemento estratégico tanto en lo militar como en lo político.

También hemos dicho, desde el inicio, que estos diálogos no van para ninguna parte. Arrancaron en secreto hace más de tres años, cuando Santos asumió el poder, y el próximo 18 de octubre cumplirán un año desde la instalación en Oslo (Noruega) de esta etapa pública, que se inició casi un mes después en la capital cubana. Sean tres años o solo uno, los resultados son imperceptibles por no decir que inexistentes. De seis puntos contenidos en la agenda solo han evacuado uno, y eso con “salvedades” sobre las que volverán “más adelante”.

Pero lo que se dice por fuera de la mesa, aunque Santos se desgañite pidiendo hacer oídos sordos a esas declaraciones, demuestra que el Gobierno y la guerrilla van por caminos muy distintos pues, en lugar de dar muestras de tener vocación de paz y reconciliación, las Farc mantienen su habitual cinismo y se niegan a reconocer sus crímenes al tiempo que osan reclamar un extenso pliego de ambiciosas exigencias que, bien saben, ni el Gobierno más caradura les podría otorgar.

Todo esto no es más que una muy conocida maniobra que consiste en cotizar un bien muy por encima de su valor real con el fin de no venderlo. Si el papa Francisco tasara su flamante Renault 4 a precio de Ferrari nuevo, sería porque no quiere venderlo, pero dejaría abierta la posibilidad de que se lo compren y pueda dedicar el dinero a importantes obras de caridad. En nuestro caso, es claro que las Farc no quieren pero si Santos les compra esa paz, se quedan con todo, pues de ese tenor es la transacción que se está haciendo en La Habana.

Los exitosos procesos de paz que se han llevado a cabo en Colombia con otras guerrillas, como el M-19, el Epl, el Quintín Lame y la Corriente de Renovación Socialista, se caracterizaron por su avance expedito, por la ponderación en las exigencias, por la sindéresis entre el discurso y los actos, y por haberse concentrado a los combatientes en campamentos. Es decir, no solo pidieron un precio razonable sino que demostraron, sin dubitaciones, que su decisión de desmovilizarse era definitiva y que no había intenciones ocultas.

Ahora es claro que Santos no podrá cumplir su palabra de que esta sería una negociación de meses y no de años, y él sabe que este lunar es un lastre inmenso para su imagen y su deseo de reelegirse. Mientras tanto, las Farc parecen estar haciéndose conscientes de que están ahogando a su mentor, a quien las revivió de una debacle que estaba cerca de entrar en su punto de no retorno. Por eso hay una especie de consenso con respecto a ponerles pausa a los diálogos mientras pasa la temporada electoral, o sea, por lo menos, hasta julio de 2014.

Continuar esta farsa es seguir engatusando al país, pero suspenderla no sería menos grave. Con ello, Santos y la guerrilla comprarían tiempo, con lo que el Primer Mandatario podría evitar un mayor deterioro de su imagen y mejorar sus posibilidades de reelegirse, pues poner el proceso en suspenso brinda la falsa ilusión de que este marcha bien, y que estamos como en el descanso de un partido del que, al final, saldremos airosos. No, no nos engañemos, esto arrancó mal desde el comienzo y todo tiene su límite. Por eso, lo mejor que puede pasar es aceptar el fracaso de los diálogos y que esta pantomima se rompa de manera definitiva.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 14 de octubre de 2013)

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario