A pesar de que aún no puede decirse que el postconflicto esté marchando con propiedad, las Farc ya se sienten con derecho de pavonearse por todos lados como si el país les debiera. Por una parte, el terrorista ‘Andrés París’ ofreció una conferencia en la Universidad Externado de Colombia, donde acusó a Álvaro Uribe de ser asesino, narcotraficante y corrupto, y pidió que sea condenado por la Justicia Especial para la Paz; por otra, las Farc homenajearon como un prócer de la Patria al ‘Mono Jojoy’, tal vez la peor de sus alimañas, una verdadera ofensa a las víctimas y a todo el país, y una vulgar apología al delito que debería constituir un acto punible.

Sin duda, hechos absurdos que se presentan en el mismo momento en el que el escándalo de corrupción de las altas cortes está tocando su punto más álgido. El otrora poderoso exmagistrado Francisco Ricaurte fue recluido en la cárcel La Picota, donde pronto tendrán que ir a hacerle compañía otros personajes infaustos como los exmagistrados Leonidas Bustos, Camilo Tarquino y Gustavo Malo, cuya hija también debería ir tras las rejas por hacerles cobros extorsivos a funcionarios nombrados por su padre.

Como si fuera poco, el senador Musa Besaile, uno de los principales responsables del espurio triunfo de Santos en 2014, reconoció haber pagado 2.000 millones para evitar ser procesado por parapolítica, al igual que el senador Álvaro Ashton, quien deslizó 1.200 millones para que frenaran una investigación por el mismo tema. Y se conoció que al exgobernador de Córdoba, Alejandro Lyons, le pedían 20.000 millones para solucionarle sus problemas con la justicia. Cifras estrambóticas que dan cuenta de la cantidad de dinero que se roban de nuestros impuestos.

Para muchos, todos estos hechos de corrupción e inmoralidad pública serán los que copen el interés del electorado en la campaña que se avecina, opacando el tema de la implementación de los acuerdos, como si el asunto de “la paz” fuera un tema superado. Sin embargo, los indicios de que este proceso está haciendo agua son abundantes, y tratándose de un suceso consumado por un gobierno ladino y mediocre no puede esperarse nada distinto, fruto de tanta “chambonada”.

Basta ver que las disidencias de las Farc están sentenciando a muerte a quienes se oponen a la producción de coca y al reclutamiento forzado, y haciendo retenes ilegales en las principales vías de las regiones en que operan a sus anchas. De hecho, están creciendo a ritmo acelerado: se informa que ya operan en ocho departamentos y que cuentan con más de mil hombres en sus filas.

Y a estas alturas está suficientemente claro que las tales disidencias no existen; es decir, al interior de las Farc no ha habido rupturas, desacuerdos o discrepancias. Simplemente, dejaron una división encargada de los negocios turbios que no están dispuestas a abandonar mientras se prueban en las lides políticas gracias a la tronera que les abrió Santos para entrar a saco en la ciudad, en ejercicio de la combinación de todas las formas de lucha.

Es obvio que las Farc no se contentarán con un fracaso en el intento de la toma del poder; no vienen por unas curules sino a implantar la revolución, y en caso de que sus pretensiones fracasen regresarán a las armas. Por eso, ni las entregaron todas ni se desmovilizaron todos. En Urrao, Antioquia, se presentó la semana anterior una riña a machete por una de sus caletas, lo que confirma que mantienen un arsenal estratégico porque prima la visión de sus sectores radicales que solo ven “la paz” como la oportunidad de asaltar el poder en tanto que desdeñan el juego democrático burgués.

Y con los partidos desprestigiados, sometidos al descabello con la triquiñuela de las firmas, tenemos un panorama desalentador muy semejante al que vivía Venezuela justo antes del ascenso de Chávez al poder. ¡Como será que hasta la revista Semana así lo reconoce!

(Publicado en el periódico El Mundo, el 25 de septiembre de 2017).

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Posted by Saúl Hernández

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