Los economistas suelen calificar los países por su PIB o por el IPC, tecnicismos de importancia muy relativa, yo prefiero hablar de su gente. En Colombia hay gente para mostrar, por lo menos hay dos compatriotas de talla mundial; no cabe duda de que uno de ellos es Gabo, no un simple Nobel de Literatura como la mayoría de ellos que son desconocidos, sino un colombiano reconocido y respetado.

Gabriel García Márquez es considerado por los expertos, el escritor vivo más importante del mundo; el segundo escritor más importante del orbe en habla castellana detrás de Cervantes, y su obra Cien Años de Soledad se califica como la segunda en nuestro idioma —tras el Quijote— y como la obra más importante de este siglo en cualquier idioma.

Su fama y gloria no tienen límites. Sus obras se han traducido a los idiomas más ajenos. Cien Años de Soledad ha vendido 24 millones de copias en el mundo, sin contar con las copias piratas. Por años se ha criticado su tendencia izquierdista y su cercanía a Castro, pero ese ser universal de carne y hueso que hoy enfrenta un cáncer pulmonar y linfoma, es colombiano y es el mejor en lo suyo, el número uno, el as.

El otro gran orgullo de Colombia se llama Fernando Botero. Pintor y escultor de renombre mundial. Fue invitado por Jaques Chirac a exponer sus pantagruélicas figuras en los Campos Elíseos, a la sombra de la Tour Eiffel. Luego, el alcalde de Nueva York lo invitó a poner sus bronces en la gran Manzana, en la Quinta, en Times Square. Todo el mundo las vio.

Hace poco se tomó la Piazza Signoria de Florencia, la cuna del arte moderno. Donde reinó Miguel Ángel, ahora Botero es Rey. Y lo sabe. Como homenaje a su ciudad natal —el que Gabo le debe a Aracataca—, Botero le donará a Medellín 14 esculturas gigantes, 40 óleos y 24 dibujos, y como si fuera poco ya donó un millón de dólares para adecuar el Museo de Antioquia que albergará sus obras.

La Alcaldía de Medellín se ha comprometido con el proyecto. Las Empresas Públicas regalaron el Palacio Municipal —antigua sede de la alcaldía— y se va a remodelar todo el sector para hacer un parque donde estarán las esculturas monumentales.

Pero Botero sabe que cuando uno muere nada se lleva y por eso ha decidido también donar su colección personal a la ciudadanía de Bogotá, la ciudad de todos, donde Botero vivió unos años de paso a la gloria (y a Gloria Zea). Se trata de un regalito de 40 millones de dólares porque dicen que tiene obras de Picasso, Gaugin, y otros monstruos del arte mundial.

Del obsequio de este paisa genial y generoso, nadie saca usufructo. Es la gente de Colombia, los niños, los jóvenes, los viejos, los que más se benefician. La gente del común que le queda imposible ir al Louvre, al Prado, al Guguenheim y a otros museos de renombre para ver arte de primera clase.

Entonces, ¿cómo es posible que estas obras tengan que pagar una millonada por concepto de IVA para entrar al país? (Se habla de 40 mil millones de pesos). Nadie las está vendiendo, son un regalo. Nadie las está comprando, nadie se beneficia, o sí: el pueblo. ¿Será que nuestros «sabios» padres de la patria no pueden dictar una ley transitoria para que estas obras entren sin impuesto como lo dicta la lógica, la ética, la moral, la inteligencia…?

¿Cómo es posible que la muerte llegue de contrabando en armas, licores, cigarrillos, precursores químicos para la industria del narcotráfico, etc., mientras el arte —un regalo de esta categoría— debe pagar impuestos y padecer toda clase de trámites? País de locos éste… (País de mierda) Tenemos la suerte que nos merecemos.

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario