Los colombianos estamos comprometidos en la lucha contra nuestros peores males, por lo menos los colombianos de bien, que somos la mayoría. Si Colombia se ha ido volviendo un pequeño infierno es, en primer lugar, por la corrupción política perenne, de ayer y de hoy, que no deja peso sobre peso, en detrimento de la salud, la educación, el desarrollo de obras públicas, el mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados; en resumen, en menoscabo del progreso.

El narcotráfico se sumó a la lista de males como un corruptor de las estructuras morales de la Nación, la Familia y el Individuo, y luego importamos el modelo neoliberal y nos inscribimos en la globalización, que es como correr el Tour de Francia en un triciclo. Después de esos tres desastres la guerrilla se nos creció y hoy, tal vez con ligereza, la consideramos el mal peor, el más grave cuando apenas es una gripa frente a los otros tres que son cáncer.

Sin embargo, la mayoría de colombianos nos sentiríamos aliviados con su desaparición, no importa que después enfrentemos la realidad de seguir igual, o peor, con las causas estructurales de este derrumbe intactas. Eso sí, mejor Colombia sin guerrilla que con ella, lo malo es que la comunidad internacional no oye los gritos de auxilio de una sociedad civil desesperada pero sí escucha los murmullos de los delincuentes que hoy componen la guerrilla, o más bien cuadrilla, porque guerrilla la de Marcos, que no ataca a la población que defiende.

La comunidad internacional ha oído su voz murmullosa y el rumor de sus dólares para fraguar alianzas delictivas con los cuadrilleros colombianos. Montesinos les trajo armas de Jordania, la mafia del Brasil y el cartel de Tijuana comercializan su polvo, numerosos países avalan la presencia de sus ‘diplomáticos’ y como si Fidel —y su Cuba— no fuera suficiente ahora es Chávez y la ‘hermana’ República el nuevo apoyo de las cuadrillas, el paraíso delincuencial donde se esconden nuestros verdugos.

Eso era de esperarse de un presidente demente como Chávez, que osa creerse Bolívar y que de un momento a otro terminará por convertir a Venezuela en un polvorín. Pero que la Cruz Roja Internacional saque un cuadrillero herido hacia a Venezuela y luego rumbo a Cuba, pagando 17 millones por el alquiler de un helicóptero, es una infamia contra el pueblo colombiano que amerita revisar el papel que cumple en nuestro país esa organización ‘humanitaria’.

No importa que el guerrillero se llame Grannobles o alias Oscar (o Carlos) del Eln. Sacar un matón para brindarle la atención que a los colombianos de bien nadie nos da es una puñalada artera tan canalla como tumbar un puesto de salud o dejar morir a un médico como Miguel Nassif, secuestrado por el Eln en el kilómetro 18 de la vía Cali-Buenaventura, o como mantener retenido al coronel Bernal de la Policía a pesar de estar paralítico. Eso no es un acto humanitario. Lo que hizo la Cruz Roja el 7 de junio de 2000, con aval de los gobiernos de Colombia y Venezuela, es un acto de complicidad que merece el mayor repudio. Cada colombiano que ha sido secuestrado, extorsionado o que tiene entre sus parientes una víctima de las cuadrillas, debería protestar, debería enviar cartas, debería levantar demandas, deberíamos todos bloquear las sedes de esa entidad y quemar banderas de las cuadrillas y de su nuevo compinche, la Cruz Roja Internacional.

Porque si la Cruz Roja Internacional quiere desarrollar su labor humanitaria tiene que supeditarse a las leyes que rigen para todos. Esta no es una guerra entre países ni nada que se le parezca sino el levantamiento de unos delincuentes que de ser heridos y solicitar atención deben ser llevados a cualquier centro asistencial y quedar en poder de las autoridades legítimamente constituidas, lo demás es un asunto intolerable porque ningún organismo humanitario puede tomar partido por quienes no respetan el Derecho Internacional Humanitario ni ningún otro tipo de convenio, por quienes asesinan, roban, secuestran, arrasan, torturan y arruinan a Colombia. ·

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Posted by Saúl Hernández

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