A primera vista parece indiscutible que lo más sensato que puede hacerse ante las agresiones de Hugo Chávez es quedarse calladitos y activar los canales diplomáticos. Sin embargo, este parece ser uno de esos casos en que tragarse tanta humillación no va a servir de nada porque -parafraseando a Churchill- tendremos la humillación y tendremos la guerra.

Guerra que en términos convencionales, por lo menos por ahora, parece lejana y casi imposible. Pero que, en otros terrenos, Chávez nos la declaró y nos la está haciendo hace rato. El coronel no cesa de insultar a (nuestra) ‘oligarquía’, a los funcionarios públicos -empezando por el Jefe del Estado, del que nos dice cómo debe ser el que nos ‘merecemos’-, a los medios de comunicación, a los partidos políticos, a las instituciones; nos amenaza con bloquear las relaciones comerciales y expropiar las empresas colombianas que funcionan allá; se envalentona intimidándonos con la bravata de enviarnos sus aviones y colmar la frontera de batallones. Y, lo que es peor, se inmiscuye en nuestros asuntos de la manera más traicionera, pérfida e hipócrita, apoyando a un grupo de terroristas que lleva más de cuatro décadas mortificándonos a los colombianos.

Igual de grave es que estamos acostumbrándonos a agachar la cabeza cuando este chacal nos humilla. Al aceptar las bravatas de Chávez, con cobardía y apocamiento, Colombia se comporta como si fuera culpable de algo, como si nos remordiera la conciencia por combatir a nuestros enemigos, aceptando que es mejor permitir la muerte de una humilde mujer bomba que despertar la ira de vecinos incómodos.

Hemos elegido, equivocadamente, ignorar todas las señales de alarma y las evidencias de complicidad entre Chávez y las Farc, como se ignoró siempre el apoyo de Fidel Castro. Para Chávez, la “integración y hermandad de los pueblos latinoamericanos” consiste en inocularnos a las malas su ‘socialismo del siglo XXI’, ideal que comparte con la guerrilla. Él no ofrece otra opción que meternos a todos en esa melcocha, queramos o no. Y aunque haya jurado por su santa madre que nada tiene que ver con las Farc, esa relación era conocida desde sus tiempos de candidato presidencial, hace más de 10 años, cuando aquí todavía vivíamos anestesiados creyendo que la guerrilla era Caperucita Roja. Ignoramos su declaración de neutralidad ante el conflicto, su intento de otorgarles estatus de beligerancia a las Farc y hasta la desfachatada exhortación que Rodríguez Chacín les dirigiera a los guerrilleros: “Estamos muy pendientes de su lucha, mantengan ese esfuerzo y cuenten con nosotros”.

La incautación de los computadores -gracias al bombardeo en Ecuador- desactivó por azar un complot de marca mayor que se estaba tejiendo. Por unas pocas revelaciones, a Chávez le tocó abrazarse con Uribe en Santo Domingo. Pero luego las denuncias se archivaron y volvió la soberbia; hasta pretenden que funcionarios colombianos paguen cárcel por unos árboles caídos.

Es preciso dejarse de temores y no permitir más humillaciones. Hacer todas las denuncias, ir hasta las últimas consecuencias y ser firmes en nuestras decisiones. A este señor hay que pararle el macho antes de que sea demasiado tarde.

Nada de comparecer al Unasur -otro espantajo chavista-, donde debería darse un ejercicio recíproco en el que Chávez explique los alcances de su carrera armamentista, sus ejercicios militares con Rusia y las relaciones non sanctas con Irán, Hezbolá y Eta, y explicar el caso de los cohetes, de los que el canciller brasileño ya dijo que eran una nimiedad. Lula tendría que explicar el pacto militar firmado con Francia y doña Michelle Bachelet tendría que aclarar para qué acrecienta su flota de aviones F-16 y por qué Chile es el país de la región con el mayor gasto militar. Colombia no es, ni de lejos, la amenaza regional. Somos una víctima que merece respeto y depende de nosotros conseguirlo. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 4 de agosto de 2009.

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Posted by Saúl Hernández