El Partido Conservador era un muerto insepulto hasta que Álvaro Uribe le dio respiración boca a boca y lo puso a caminar de nuevo. Un zombi que medró en el uribismo por ocho años, se recompuso, se fortaleció y ahora se cree -según su presidente, Fernando Araújo- dizque con “derecho de llegar a la Presidencia de la República”.

Los conservadores han sido, en esto, tremendamente mezquinos. Cuando Araújo dice que han “sido leales con el presidente Uribe, lo acompañamos en sus dos elecciones y hemos sido bastión de su política de seguridad democrática”, uno se imagina una poderosa colectividad que llevó a alguien a la Primera Magistratura y le puso sus realizaciones en bandeja de plata, y no lo contrario, que fue lo que realmente pasó. Uribe fue generoso en extremo con un partido que no se merecía tanto; el mismo Araújo fue ascendido a los altares de la Cancillería sin aclarar suficientemente -hasta el sol de hoy- aquel asunto de Chambacú. ¿Y cómo paga el conservatismo tantos favores recibidos? Armando una gavilla disidente.

Claro que esto no es nuevo. Este es un país donde las disidencias políticas suelen dar al traste con las aspiraciones legítimas de las mayorías. En un video que se encuentra en Internet (galanvive.com), un juvenil Juan Manuel Santos le argumenta a Luis Carlos Galán que muchos liberales pensaban que él debía arrepentirse de aquella disidencia suya de 1982. “¿Usted cree eso en serio?”, replica el líder inmolado, esbozando una sonrisa incómoda. A renglón seguido, se justifica: “… ya se verá en el decenio próximo cómo tesis, protagonistas, dirigentes del Nuevo Liberalismo, actuando ya dentro del Partido Liberal, lo van a robustecer, lo van a fortalecer, y el PL va a tener un gran futuro…”.

¿Futuro? Su partido es otro muerto insepulto. Basta ver la abulia que despierta el candidato Pardo. Y de esa misma manera es como se están equivocando todos los que se tendieron en el camino, como vacas muertas, para impedir que la formación utilitaria que se alineó alrededor de Álvaro Uribe se convirtiera en un movimiento de concertación como el de Chile.

El liberalismo fue el primero que se hizo el haraquiri, alejándose de un presidente que salió de su entraña, liberal hasta los tuétanos (de sus huesitos), y acercándose más a la izquierda que a sus propios electores. Luego fue Pardo, quien se alejó por ‘diferencias’ sobre el trato que debía darse al paramilitarismo, traicionando sus propias ideas. Basta comparar lo que escribió sobre la negociación con los ‘paras’ en el libro La historia de las guerras (p. 626) y lo que terminó pidiendo.

Después, se suicidó Vargas Lleras. Su abuelo, de inteligencia mítica, debe de estar revolcándose en la tumba por la falta de perspicacia de su nieto, quien, a esta hora, debería estar en un tête-à-tête con Santos. Pero Vargas lleva más de cuatro años marcando distancias con el Presidente, para que no lo asocien con él, con arrogancia y engreimiento singulares.

Luego, muchos otros se echaron al camino y fueron engullidos, algunos de ellos, por las ruedas del mismo bus del que se bajaron. Es el caso del Partido Conservador, donde, además de la mezquindad, han brillado los desatinos del señor Uribito, alias Andrés Felipe, y el oportunismo de Noemí.

Es cierto que el conservatismo obtuvo una gran representación en el Congreso, pero otra cosa es la elección presidencial, donde Noemí no tiene ninguna opción de poder con autonomía, libre de hipotecas. Ya está aliada con varios de los más indeseables personajes del país y, en segunda vuelta, tendrá que pactar hasta con el diablo con tal de ganarle a Santos. Y eso si no se atraviesa un tercero; Noemí siempre se desinfla.

Las tres encuestas de la última semana no solo muestran el favoritismo de Santos, sino el hecho de que una concertación le daría un triunfo cómodo al uribismo en primera vuelta. Pero estamos en Colombia, donde damos un paso adelante y dos atrás.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 30 de marzo de 2010

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Posted by Saúl Hernández