El crimen de los cuatro uniformados que tenían hasta 14 años de secuestro en la selva deja sin piso cualquier posibilidad de diálogo con las Farc. Eso, a pesar de que algunos persisten en la creencia de que se les puede llevar a la mesa de diálogos y alcanzar un acuerdo de paz. Lamentablemente, los hechos son tozudos y demuestran que eso sería someter al país a otro engaño.

Es preciso reiterar, una y otra vez, que nadie está pidiendo arrasar a la subversión porque, entre otras cosas, sabemos que muchos de sus integrantes están ahí por obligación y falta de oportunidades y no porque estén convencidos de la justificación de su causa ni de que el camino de las armas sea el correcto. Por ellos valdría la pena hacer la paz, pero el problema no son ellos; de hecho, con estos se hace la paz en cinco minutos y se hace todos los días, cada vez que alguno se desmoviliza.

El verdadero problema es otro —los cabecillas, incluyendo los de escritorio— y es más grueso. El plan estratégico de las Farc no contempla ninguna negociación de paz, ninguna desmovilización ni nada que no sea convertir a Colombia en un ‘paraíso’ comunista.

Eso deberían saberlo —y lo saben— todos esos que, investidos de idiotas útiles (nada personal, el término es de Lenin), piden diálogos e intercambios ‘humanitarios’, que ponen en duda la responsabilidad del asesinato de los secuestrados o reclaman por el hecho de que no se haya capturado vivo a un viejo “de más de sesenta años, herido, ciego y solo”.

Un acuerdo sin los mínimos de verdad, justicia y reparación exigidos a los paramilitares sería una burla a las víctimas y al país entero. Tener en el Congreso —¡¿y qué tal en la Presidencia?!— a sujetos con más de cien procesos penales, todos gravísimos, sería inaceptable, descabellado e indefendible. Simplemente, un imposible. Incluso, a menos que los Baltasar Garzones que pululan por ahí lograsen santificar los crímenes de las Farc de manera que la CPI haga ojos ciegos a sus crímenes —algo similar a lo que hizo la Corte Suprema de Justicia para dejar sin piso el acervo probatorio de los computadores de ‘Raúl Reyes’—, el problema de la impunidad seguiría siendo un obstáculo insalvable.

Como eso lo saben bien las Farc, aprovecharon la cumbre del Celac, con su habitual oportunismo y la complicidad de la Revolución Bolivariana, para pedir “un diálogo con plenas garantías, de cara al país, al continente y al mundo, con participación popular, que modele una recomposición institucional y política, y que abra las compuertas a profundas reformas democráticas”. El Celac surge como una nueva oportunidad de alcanzar el reconocimiento del estatus de beligerancia, y si el presidente Santos no conjura el peligro de que los vecinos metan las narices aquí, su política de apaciguamiento le sabrá a cacho.

El conflicto no se puede solucionar de cualquier manera, ni siquiera ofreciendo un articulito del Marco para la Paz —retirado por ahora— que ponga a los terroristas a montar en carro oficial. Pero el mayor problema de la paz es que las Farc no quieren y consideran rendición cualquier cosa distinta a imponernos su delirante modelo político. Deliran con su pretensión de convertir la derrota militar propinada por los soldados de Colombia en victoria política alcanzada en una mesa de negociación donde el Estado sea el que se rinda. ¿Qué otra cosa es la carta de ‘Timochenko’ que la muestra de un fanatismo demencial sin propósito de enmienda?

Solo una muestra tangible de buena voluntad podría justificar que se considere la posibilidad de encontrar caminos de acercamiento para una paz negociada, y esa muestra sería la liberación inmediata de los canjeables que permanecen en cautiverio.

El país no aguantaría una muerte más ni otro año de cautiverio. Eso es lo que hoy estamos pidiendo. Por eso, todos a marchar.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 6 de diciembre de 2011)

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Posted by Saúl Hernández

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