Mientras el país tiene múltiples necesidades insatisfechas, muchos de nuestros gobernantes se devanan los sesos planteando ideas inocuas. Por ejemplo, Gustavo Petro propuso la creación de unos centros de consumo controlado de drogas que, como estaban planteados, no eran más que expendios de alucinógenos tan ilegales como los de cualquier banda criminal. Enterado de la inconstitucionalidad de su propuesta, decidió entonces darles el carácter de centros de rehabilitación de adictos, donde se les suministrarían las drogas con fines terapéuticos para reducir su ansiedad.

Todo esto no es más que simple improvisación. El propósito inicial, que consistía en disminuir los índices delictivos en Bogotá, teniendo en cuenta los crímenes en que incurren los adictos para financiar su vicio, y la violencia que generan las mafias del microtráfico, se cambió fácilmente por el argumento de que el consumidor es un enfermo que hay que tratar, algo en lo que ya existe consenso, pero dejando al desnudo de nuevo la ligereza de la propuesta.

Primero, porque hay que contar con la voluntad del adicto para rehabilitarlo; segundo, porque un centro de rehabilitación de drogadictos no puede ser una unidad móvil, pues es perentorio alejar a los enfermos de la calle y tenerlos bajo estricto control, y tercero, porque solo a los adictos a la heroína se les da una droga para mitigar la ansiedad —la metadona— y eso ya se hace en sitios reconocidos bajo el control del Fondo Nacional de Estupefacientes. Bogotá necesita es estimular deportistas, no drogadictos; la capital no puso ni una medallita en Londres.

Otro ejemplo de propuestas insustanciales está en Antioquia, donde el gobernador Fajardo prohibió desfiles y reinados en los colegios oficiales del departamento. Siendo alcalde de Medellín, ya había prohibido apoyar certámenes de belleza con recursos públicos, lo cual es sensato, pero la génesis de esas decisiones es el prejuicio feminista de su señora esposa —a quien le disgusta que le digan Primera Dama—, por lo que no está claro si la prohibición cobija también los reinados LGTB. Y no es que uno esté de acuerdo con desfiles y reinados; por el contrario, son frivolidades repugnantes, aunque no las únicas tareas poco edificantes que se practican en los colegios.

Ciertamente, son muchas las actividades que deberían ser desterradas de los centros educativos: las danzas folclóricas se cambiaron por perreo y choque; los festivales de canto, por concursos de imitadores; los deportes, por futilidades como el porrismo, que es otra disculpa para mostrar carne, y las representaciones culturales, por deplorables concursos de trovadores… Cosas que nada aportan a la educación y solo tienen cabida por cuestiones de mediocridad cultural e ignorancia popular: es más fácil hacer un reinado que montar un cuarteto de cámara. Sin embargo, ¿será sensato prohibir cosas solo porque a uno —al gobernante en este caso— no le gustan?

En el fondo, lo que más resalta la inocuidad de esta prohibición es que la población en edad escolar afronta problemas verdaderamente graves, a los que no se les está prestando suficiente atención, como el ausentismo escolar, el matoneo, el trabajo infantil y juvenil, la drogadicción, el abuso sexual, el embarazo adolescente y la prostitución desde edades muy tempranas. Frente a eso, desfiles y reinados son una nimiedad y nada se gana con prohibirlos mientras haya niñas de 8 o 9 años que alternan su jornada escolar con un oficio aberrante.

Mientras el 27 por ciento de los jóvenes pobres del país no estudian, ni trabajan, ni buscan empleo —cifra del Departamento de Prosperidad Social que puede quedarse corta—, las principales autoridades locales y regionales agotan esfuerzos en majaderías, como si no hubiera cosas realmente importantes por hacer. ¿Qué tal?

(El Tiempo, 14 de agosto de 2012)

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Posted by Saúl Hernández

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