Nos regresaron por fin a los diez secuestrados que faltaban —después de casi tres lustros de tortura continuada— y ya hay quienes creen que eso es suficiente para arrodillarnos ante unos ‘luchadores altruistas’ que nos asesinan por nuestro bien. No, lamentablemente el asunto no puede darse por concluido porque muchos no regresarán jamás: asesinaron —y dejaron morir— a varios uniformados, acribillaron a 11 diputados, un gobernador y un exministro, y torturaron a centenares de familias, arrancándoles a muchos niños la posibilidad de disfrutar de unos padres (y madres) que sí tenían.

Imposible no recordar los dramas de doña Emperatriz de Guevara, de Johan Steven Martínez o de Andrés Felipe Pérez, el niño enfermo de cáncer que pasó sus últimos meses rogándoles a estos desalmados que liberaran a su padre, el cabo José Norberto Pérez, para verlo por última vez. El niño murió en diciembre del 2001 y tres meses después las Farc ejecutaron al cabo.

Esta última entrega no fue un favor ni un gesto humanitario. Por tanto, no se puede decir que sea un precedente tan categórico como para sentarse a manteles con los responsables cuando hay centenares de civiles secuestrados por motivos económicos, cuyo paradero se desconoce tras cuatro, ocho o doce años de secuestro. Y si para entregar a 10 se tardaron casi cuatro meses desde que decidieron liberarlos y hasta 14 años desde que los plagiaron, ¿cuánto se van a demorar para retornar a la libertad a 600 o 700 personas?, ¿cuánto tardará la entrega de los cadáveres de quienes hayan muerto en cautiverio?

Cuesta creer que sea posible estar explorando opciones de diálogo con quienes ya están preparando explicaciones cínicas sobre sus actos. La exsenadora Córdoba —vocera autorizada, sin lugar a dudas— le recordó al país que las Farc han admitido que tienen en su poder tan solo a nueve civiles. Y ante las denuncias de que esa guerrilla tendría a otros militares de los que no se volvió a tener noticia, se adelantó a conjeturar que posiblemente cayeron en combate y sus despojos nunca fueron recuperados. Es como hace 10 años, cuando ponían en duda que Andrés Felipe tuviera cáncer y negaban ser responsables del secuestro de varios menores, como la niña Clara Oliva Pantoja. Es decir, nada ha cambiado; como anota Vicente Torrijos, “las Farc seguirán secuestrando pero alegarán que no son ellas”.

Cuando la señora Córdoba asegura que “lo que falta es un imaginario en el país de la necesidad de la paz” y que “es necesario (…) que los colombianos se asqueen de la guerra”, está pasando por alto que en el país está sembrado ese imaginario hace rato y que estamos asqueados de todos los violentos, pero particularmente de las Farc. Está tratando de ignorar que hemos votado por tres gobiernos consecutivos que se han comprometido a combatir el terrorismo, y que ha germinado, no en el ‘imaginario’ (aquello “que solo existe en la imaginación”, según el Drae) sino como algo palpable, la certidumbre de que estos grupos se pueden doblegar con las fuerzas constitucionales hasta obligarlos a cesar la violencia.

Por eso luce tan conveniente que se pretendan impulsar unos diálogos a favor de quienes tienen la guerra perdida a pesar de sus brutales demostraciones de fuerza. Un proceso en el que se quiere ignorar la impunidad a pesar de que sus promotores se muestran tan contrariados por la que podría resultar —por ejemplo— de la restauración del fuero militar.

Solo queda confiar en que el presidente Santos no ceda a la tentación de hacer vanos sacrificios “por la ilusión de llegar a la paz”. Él mismo ha señalado que la liberación de los últimos canjeables no es suficiente, pero no deja de ser inquietante un marco para la paz demasiado complaciente, con tintes de sometimiento. Esa no puede ser la llave de la paz.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 10 de abril de 2012)

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Posted by Saúl Hernández

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