En los últimos meses se ha desatado una oleada de emigrantes de Colombia hacia diversos países. Canadá parece ser el mejor destino; su población se ha envejecido y el índice de natalidad es bajo, hay buenas oportunidades de empleo, se vive pacíficamente y se disfruta del confort de un país desarrollado. Su gran desventaja es el clima porque sus inviernos son aterradoramente fríos, pero en términos generales es un buen vividero.

Ese no parece ser problema alguno, pero hemos observado que el tema ya tiene dividida la opinión entre quienes defienden a los que se van  y quienes los acusan de cobardes. Lo cierto es que las cosas en Colombia no están como para quedarse y es natural que un ser humano busque mejores horizontes.

Conozco un caso de un matrimonio que emigró a Canadá precisamente. El hombre era un ganadero adinerado que se negó a pagar vacunas a la guerrilla y terminó perdiendo las fincas que tenía con una amenaza de muerte si se dejaba ver. Lo perdió todo pero aun está vivo y con su familia. El mínimo derecho que uno tiene es el de proteger su vida y si para ello hay que expatriarse, mañana es tarde.

Por eso no entiendo la columna de Javier Darío Restrepo en El Colombiano del sábado anterior, titulada Los Desertores. Dice el periodista en mención que debería hacerse una especie de censo de quienes se van para que cuando el país tenga condiciones óptimas para su regreso se les recuerde que ellos no participaron de su «construcción» y se les nieguen sus derechos.

Justifica en parte a quienes se van porque los han secuestrado o han asesinado a sus familiares. ¿Acaso hay que esperar ser una víctima directa para poderse marchar? No, todo lo contrario, uno se va para evitar que las cosas pasen a mayores porque después ¿qué sentido tiene? Cuando la mecha está prendida es mejor retirarse a distancia prudente, quedarse a esperar que estalle la pólvora no es una buena idea y Colombia es un polvorín.

Además, ¿quién le dijo a don Javier Darío que las cosas van a mejorar y mucho menos que van a mejorar pronto? Llamar cobardes o desertores a estos desplazados de la violencia es un oprobio. ¿Qué pensará Alfredo Molano? Los tiempos en que nuestras figuras se exiliaban por bobadas ya pasaron. Los exiliados de hoy lo hacen por cuestión de vida o muerte y si quieren regresar deberán ser recibidos con los brazos abiertos porque Colombia también es de ellos.

Los exiliados son desplazados de mejor estrato económico que se dan el lujo de vender sus cositas, coger un avión y buscar mejores rumbos, pero en el fondo es lo mismo de nuestros campesinos que empacan sus corotos entre un costal y se van por la vereda sin rumbo fijo quedando cercados entre estas montañas sembradas de fusiles de donde no pueden salir jamás. Qué bueno que los campesinos tuvieran la oportunidad de subir a un avión y largarse en busca de un lugar donde envejecer en santa paz.

Me asombra la actitud del suicida: cobarde para seguir en la lucha, valiente para auto infringirse una acción letal. Asimismo respeto al que se va pero no se me hace cobarde ni valiente, sino inteligente. Los valientes viven en los cementerios. ♦

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Posted by Saúl Hernández

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