El comercio sin fronteras ya es inevitable, todo el mundo anda firmando acuerdos y el que se abstenga se quedará sin mercados para vender sus productos.

Hay mucho despistado en Colombia acerca de la conveniencia del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y por eso la absurda protesta de algunos frente a ese tema. No se trata de un embeleco, ningún funcionario del Gobierno ha tratado de engañar al país diciendo que dicho tratado sea la panacea y, por el contrario, ha circulado en la prensa un supuesto informe de Planeación Nacional donde se exponen unas proyecciones muy pobres como resultados del acuerdo. Nadie puede negar que, mirando hacia atrás, sólo se ven las ruinas de la alocada apertura económica de hace casi tres lustros, con empresas cerradas y cambios laborales que empobrecieron a la clase media y sólo enriquecieron a unos pocos. Entonces, ¿por qué diablos debemos hacer un tratado de libre comercio con los Estados Unidos?

Valiéndome de un ejemplo que leí en relación con otro tema, hay que decir que la globalización económica es, hoy en día, como la Ley de Gravitación Universal: no puede eludirse. Nadie puede salir por la ventana sin ir a darse de narices contra el mundo. Por eso, la pregunta no es si ese tratado nos conviene sino por qué es  inconveniente no hacerlo. No firmar un buen tratado con los gringos es como tirarse por la ventana; el comercio sin fronteras ya es inevitable, todo el mundo anda firmando acuerdos y el que se abstenga se quedará sin mercados para vender sus productos, y sólo con el mercado interno es prácticamente imposible crecer a tasas que permitan superar la pobreza o, por lo menos, impedir que siga en ascenso. No abrirse al mundo como lo están haciendo hasta los más cerrados de otras épocas (Rusia, China, Vietnam, etc.), es quedarse solo y rezagado, sin acceso a las nuevas tecnologías y al desarrollo, como un ermitaño.

Ahora, este tratado ni es el único ni es el último. ¿Por qué primero con Estados Unidos? Porque ese país es el comprador del 40 por ciento de nuestras exportaciones, sin mencionar los miles de colombianos que viven allí y envían a sus familias casi tantos millones de dólares anuales —alrededor de mil quinientos— como los que ingresan por las exportaciones de café. También se ha hablado de un acuerdo con Mercosur pero no resulta muy favorable pues mientras que Colombia importa muchos productos de Argentina y Brasil, estos países no nos compran casi nada. Por otro lado está el ALCA (Tratado de Libre Comercio de las Américas), donde se va a meter todo en un mismo saco —de Alaska a la Patagonia—, sin preferencias frente a nuestros competidores como las que actualmente nos ofrece el Tratado de Preferencias Arancelarias (ATP) con EE.UU. que tan bien ha funcionado. Y, además, la Comunidad Europea quiere una especie de ALCA con Latinoamérica.

Como vemos, no suscribir estos acuerdos es como no meter un niño al colegio mientras todos lo hacen. Estudiar no garantiza éxitos ni riqueza pero es más probable que ese niño sin estudio sea un adulto pobre y sin oportunidades de ninguna clase mientras algunos de los otros superan el atraso. Así, un mal acuerdo equivale a caer por la ventana o a bajar con sábanas amarradas, pero uno bueno es como subir por las escaleras o usar el ascensor, claro que éste, eventualmente, puede desprenderse y provocar una caída desastrosa. Ah, y no establecer ningún acuerdo equivale a que el edificio nos caiga encima y nos sepulte.

Discutir y tirar piedras por la globalización no tiene sentido. Es cierto que ésta se nos está imponiendo y que no es un favor, pero los antiyanquis trasnochados deberían despertar y enterarse de que ya no hay imperios sino trasnacionales, corporaciones de Norteamérica, Europa y Asia disputándose el banquete como leones mientras los demás comemos lo que sobra, como aves carroñeras o meros gusanos; todos con la misma indiferencia y el egoísmo con los que  cualquier ama de casa, no importa el estrato social, prefiere la papa holandesa si el kilo está más barato que el de la papa nacional. De la misma manera que  cualquiera prefiere comprar en un gran supermercado de cadena que en la mugrosa tienda de la esquina. Es decir, todos practicamos ese canibalismo que se supone inherente a la globalización. Ejemplos hay de sobra. Así que no hay lugar a que nos demos golpes de pecho por un asunto tan natural y queramos —ahí sí— engañarnos unos a otros con poses moralistas.

Deberíamos más bien prepararnos para competir pero también asumir este sometimiento a los poderes trasnacionales como un fenómeno cultural que puede transformarse con una verdadera educación para modificar necedades que distorsionan nuestra incipiente economía como aquella revelación de la multinacional Sony que asegura que, en Colombia, los equipos de sonido más costosos los adquiere la gente más pobre, esa que no tiene ni para darle de comer a los hijos.

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 4 de octubre de 2004 (www.elmundo.com).

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Posted by Saúl Hernández

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