Colombia es un país insensible después de tantas penurias y de escándalos que duran ocho días, justo el tiempo que tarda en surgir otra noticia desesperanzadora, otro caso desgarrador. Y lo peor de todo es que cada vez con mayor frecuencia son los niños las víctimas de toda clase de atrocidades: casos de secuestro, violación y asesinato, unas veces por balas perdidas y otras por tomar venganza hacia sus familias; o simplemente víctimas de la pobreza y la desidia, que mueren por desnutrición y son comidos por las ratas.

Los niños del Chocó mueren desde hace años por diversas causas. Su hambre es producto de la corrupción, pues los dineros que gira la Nación no llegan a su destino y la bienestarina que el Gobierno aporta para los hogares comunitarios termina alimentando cerdos. Se señala también a la guerra y los desplazamientos como factores que provocan desabastecimiento, pero incluso hay aspectos culturales que los llevan a la tumba: en una región que puede dar comida en abundancia se limitan a la dieta del plátano y ni siquiera acuden al pescado de los caudalosos ríos. ¿No será que están practicando la ley del mínimo esfuerzo?

Ya la sociedad colombiana se está acostumbrando a un tipo de familia que no es el ideal, a familias casi siempre sin el padre como en el caso del niño que murió no por la mordedura de una rata sino por desnutrición y falta de cuidados que lo llevaron a una deshidratación por diarrea. La madre es sola; su marido se fue con otra y luego se suicidó. Le dejó tres hijos. El niño que murió es de otro padre que jamás lo reconoció. Probablemente, el embarazo fue un recurso desesperado de una mujer indefensa para conseguir la provisión de sus otros hijos y una vez malogrado su objetivo descargó su frustración sobre el niño, minimizando su atención.

Claro que esa pobre mujer no es más que una víctima de su propia trampa, de decisiones equivocadas instigadas por la ignorancia y la miseria. En el fondo, el origen de estos problemas está en la manera desaforada en que se reproducen las clases pobres, eso hay que decirlo sin ambages. Aún hay quienes consideran que la reproducción es un acto autónomo del individuo y que la Sociedad y el Estado no pueden coartar esa libertad, ese ‘derecho’. No obstante, se trata de un asunto que nos compete a todos. Los economistas aseguran que el crecimiento demográfico colombiano está contenido, que se ha reducido casi al nivel de países desarrollados, pero lo que vemos es que en las clases populares hay una explosión desenfrenada que viene acompañada de diversos fenómenos como el madresolterismo, el embarazo infantil y juvenil —con la consecuente desescolarización—, los hijos de distintos padres, la convivencia con padrastros o compañeros ocasionales de la madre, la crianza por parte de tíos y abuelos y muchas otras anomalías.

La complejidad de esta problemática trasciende el tema de la moral religiosa. Está comprobado que las familias disfuncionales son un caldo de cultivo de la delincuencia. Salvo contadas y milagrosas excepciones, de allí sólo brotan más pobres sumidos en la ignorancia que prácticamente no tienen ninguna posibilidad de superar su condición y, en los peores casos —que no son pocos—, sólo surgen delincuentes, prostitutas, viciosos, mendigos y toda clase de personajes indeseables para la comunidad.

En el libro Freakonomics, los economistas Steven Levitt y Stephen Dubner demuestran de forma estadística que la violencia disminuyó en Estados Unidos gracias a la aprobación del aborto en 1973, mecanismo al que generalmente recurren mujeres pobres y solas que no están en condiciones de darle afecto y cosas materiales a sus hijos. De otro lado, el espectacular despegue de China habría sido imposible sin la ley del hijo único adoptada en 1979.

Por eso es poco cualquier esfuerzo que se haga para evitar los embarazos no deseados promoviendo la vasectomía o la ligadura de trompas mediante beneficios palpables. El primer acto de violencia contra una persona es no planificar su nacimiento ni ansiar su llegada como el más caro de los anhelos, y lo que está en juego es la posibilidad de tener menos delincuencia y más desarrollo para todos.  ·

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 16 de abril de 2007

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Posted by Saúl Hernández

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