Por supuesto que nadie, ni pobre ni rico, tiene la vida comprada; pero es apenas lógico que un suceso como el de la semana anterior en la urbanización Alto Verde en El Poblado no se lo esperaba nadie, o casi nadie. Según los mismos afectados, las casas jamás presentaron una grieta y varios de los propietarios y habitantes son ingenieros civiles que, obviamente, no se habrían ido a morar a ese sitio de haber advertido algún riesgo.

Nadie compra una casa de más de 500 millones de pesos para que, un día cualquiera, se le venga encima de madrugada. Pero las laderas del suroriente de Medellín en poco se diferencian de las del nororiente y el occidente de la ciudad, excepto en lo concerniente con la situación socioeconómica de sus habitantes, por los contrastes evidentes entre los de El Poblado y los demás. Y si en los barrios marginados las tragedias se repiten cada invierno, en los pudientes se confía en la mejor calidad de las construcciones y se tienta el destino en peligrosas pendientes donde se están construyendo edificios de más de 30 pisos.

Si el deslizamiento de Alto Verde se hubiera presentado en un barrio pobre, con altos niveles de hacinamiento, no estaríamos lamentando la muerte de ‘sólo’ doce personas sino una tragedia enorme, acaso como la de Villa Tina en 1987.

Medellín es una ciudad enclavada en un pequeño valle sin mayores opciones de crecimiento, pero sigue siendo un gran polo de desarrollo alrededor del cual giran muchas dinámicas. Habitantes de las provincias antioqueñas y de otras regiones del país, se desplazan hacia esta ciudad en busca del esplendor marchito de la industrialización que se dio en otras épocas, y la alta demanda de las escasas tierras las hace más costosas. Colegios e industrias se desplazan a municipios vecinos, a menudo en terrenos escarpados que en cualquier lugar del mundo son zonas de bosques protegidos, y el ahogo urbano es tal que también escasean las zonas verdes y cualquier pequeño lote es convertido en una inmensa mole de viviendas u oficinas. No importa el daño ecológico que haya que ejecutar.

El caso que no puede desconocerse aquí es que nos quedamos sin tierra para que la ciudad siga expandiéndose. Sin pellizcarnos, se permitió colonizar nuestras montañas primero por parte de las clases menos favorecidas y ahora –aunque con menor densidad– por cuenta de las clases altas. Y cada que haya lluvias excesivas se seguirán viendo estas tragedias a menos que abunden las tareas de prevención y mitigación, que en el estrato 6 deberían realizarse con recursos de los particulares. Eso, además, sin detrimento de las restricciones que deben endurecerse para construir en las laderas de la ciudad.

Es un hecho que la mayor parte de las áreas de montaña no sólo son inapropiadas para construir por el riesgo de deslizamiento sino que su deforestación es un crimen ecológico penalizado por la ley. Aquí se implementan toda clase de argucias para convertir un bosque en un negocio inmobiliario, y la gente compra a pesar del daño contra la naturaleza y de que el talud –como en Alto Verde– queda pendiendo sobre sus cabezas como una espada de Damocles. Para hacer primar los negocios abundan los chanchullos y las promesas incumplidas, y las mismas curadurías están diseñadas para favorecer este oprobio puesto que cobran por la cantidad de metros cuadrados aprobados, lo que las ha convertido en una fuente de inmoralidad y corrupción, no de vigilancia y control. Tampoco están funcionando las oficinas de planeación, las corporaciones autónomas ni entidades regionales como el Área Metropolitana de Medellín.

El Estado debe hacerle entender a los constructores y a los propietarios de frondosas colinas que estas no se deben urbanizar más, que el límite ya se cruzó. La expansión de Medellín debe mirar la ciudad-región y se deben sumar esfuerzos para que Antioquia tenga otro polo de desarrollo.

Por lo que se ve, las víctimas de las tragedias en barrios de estrato bajo, son mártires de la pobreza; los de estrato alto, víctimas de la codicia de los constructores; y, todos, damnificados de una ciudad sin espacio que está aprisionada por las mismas montañas que le dan su encanto particular. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 24 de noviembre de 2008

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario