muro_berlinDesde que el entonces senador Juan Mario Laserna le dijera a María Isabel Rueda (El Tiempo, 11/03/2013) que la paz se podía “financiar” como si se tratara de comprar una deuda —¿los famosos 90 billones del postconflicto?—, tal como lo hizo, según él, Alemania Occidental con Alemania Oriental, ha hecho carrera la absurda comparación entre el proceso de negociación con las Farc y la reunificación alemana. Más recientemente, un escribano de Palacio, Gabriel Silva Luján, se atrevió a decir que los alemanes “estuvieron separados en dos bandos enfrentados a muerte” (El Tiempo, 30/10/2014), e igualó los términos ‘reunificación’ y ‘reconciliación’ como si fueran lo mismo.

Por supuesto, solo faltaba que Santos adhiriera a semejantes bufonadas, y lo hizo en su periplo de alfombras rojas por Europa, donde aprovechó la cercanía con el 25º aniversario de la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989), para insistir en el dislate de que la reunificación de Alemania era ejemplo de “reconciliación y perdón”.

En verdad, uno no sabe si esta gente es simplemente ignorante o si es que el mentir a menudo, y el querer cambiar la historia de Colombia con la proterva intención de exculpar a las Farc, acrecienta su cinismo y descaro hasta el grado de querer cambiar también la historia contemporánea del mundo entero.

Si de establecer comparaciones se trata, se podrían concebir paralelismos más certeros como, por ejemplo, entre la situación colombiana y el conflicto judío-palestino, pues los judíos también son víctimas de varios grupos terroristas. Si se llegase a un acuerdo entre Israel y Palestina, ahí sí cabría asegurar que podría ser un modelo a seguir. Pero el caso alemán es bien distinto.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los vencedores se repartieron a Europa en el marco de la Guerra Fría. Alemania, el país que causó la confrontación y, a la postre, el gran perdedor, fue dividida en cuatro partes, siendo la occidental para EE. UU., Gran Bretaña y Francia, y la oriental para la Unión Soviética. Cada lado se volvió un espejo de la ideología de los países que lo regentaban, siendo la Alemania Occidental un país libre y democrático y la Oriental, un estado comunista que hacía parte de la famosa Cortina de Hierro.

Valga decir que los alemanes no se separaron porque quisieran sino porque su territorio fue el botín de guerra de los Aliados, que representaban a las dos tendencias políticas dominantes y opuestas, el capitalismo y el comunismo. Y que Alemania del Este llevó la peor parte al quedar bajo la égida soviética, a merced del más cerril totalitarismo comunista, sin haberlo pedido. No fue que unos escogieran la democracia y los otros, el comunismo. No. Los orientales fueron prisioneros, en su país, de un sistema criminal que solo produce pobreza y muerte.

Mucho menos puede decirse que los alemanes occidentales y los orientales, fueran enemigos entre sí; pero los del este sí debieron confrontar un enemigo interno, omnipresente y represivo como fue el Estado comunista, sustentado en un régimen de partido único funcional a Moscú (el Partido Socialista Unificado) que aplastaba cualquier señal de inconformidad por medio de la Stasi (el Ministerio de Seguridad) y, en ocasiones, del Ejército soviético, que tenía bases permanentes en ese país.

Por fortuna, con la caída de la Unión Soviética y, por ende, del comunismo, cayó el simbólico muro y los alemanes orientales recuperaron la libertad que les había sido cercenada de manera inconsulta. Y lo más importante: lograron la reunificación de dos mitades que no debieron separarse nunca. No se ‘reconciliaron’, pues entre ellos jamás hubo una ruptura. Se reencontraron.

Sin embargo, la tesis de financiar la paz como se hizo en Alemania tampoco es afortunada. Según encuestas, un tercio de los alemanes occidentales considera excesivos los cerca de 100.000 millones de dólares anuales que el gobierno invierte en el este para sacarlo de su atraso, mientras que un tercio de los alemanes orientales cree que es demasiado poco. Eso ha intensificado ciertas tensiones y tal vez pronto sí sea necesaria una verdadera reconciliación.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 10 de noviembre de 2014)

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Posted by Saúl Hernández

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