Se jacta Juan Manuel Santos de que “Colombia está en paz”. La ha firmado por lo menos tres veces; en Cartagena, en el Teatro Colón de Bogotá y en Mesetas (Meta), donde se celebró la supuesta culminación del desarme. Nadie celebró en ninguna de las tres ocasiones, en ningún lugar del país. Mucho menos celebraron el premio Nobel que Santos se compró. Nadie cree en su paz porque no fue fruto de un consenso nacional sino un arreglo con bandidos a puerta cerrada, nada más.

Y, según Santos y sus aduladores fletados, llevamos en paz, cuando menos, unos tres años, tal vez cuatro, contando desde que las Farc dieron unas tímidas muestras de buena voluntad que culminaron en un utilitario cese unilateral al fuego que sus áulicos aplaudieron como focas. A partir de entonces, se nos ha venido hablando del ‘dividendo de la paz’ y de la supuesta prosperidad que nos atropellaría con solo firmar el acuerdo de impunidad, un dividendo calculado en al menos dos puntos porcentuales de crecimiento anual.

Pura paja, como todo lo de “John Mani”. No solo el cacareado dividendo no es tan alto como dijo el gobierno a través de Planeación Nacional, sino que, en realidad, no existe pues, según el Bank of America, ya se obtuvo luego del restablecimiento de la seguridad en la década anterior. Y, aun de darse, en el mejor de los casos sería apenas del 0,3%, lo cual está muy lejos de lo prometido. Es por eso que, a pesar de “la paz”, la economía sigue hacia el abismo, con una peligrosa contracción de todos los sectores económicos, una grave caída de la demanda y un crecimiento raquítico que el gobierno ha tenido que corregir a la baja en varias ocasiones.

Pero eso no es lo peor. El problema es que las concesiones otorgadas a las Farc son un atentado directo a la confianza inversionista. Bastará que la Justicia Especial para la Paz persiga a algunos empresarios por supuesta financiación del paramilitarismo, para que el clima de negocios se deteriore aún más. Bastará que algunos predios sean expropiados por supuesto incumplimiento de la función social o ecológica, como se estipuló en los espurios acuerdos, para que la inversión en el campo se vaya a pique. Bastará que las desmedidas inversiones pactadas para mantener “la paz” (130 billones de pesos en 15 años) pongan en aprietos el equilibrio fiscal de la nación para que quedemos en la ruina. Y esto es solo la antesala, lo verdaderamente espinoso vendrá cuando las Farc asuman el control político, lo cual se les viene cediendo despacito…

A diario vemos cómo las Farc van invadiendo todos los terrenos con apenas una mansa oposición de algunos colombianos. Hace unas semanas se pasearon por la Feria del Libro, y poco después asistieron al Congreso a pesar de que el presidente Lizcanito había prohibido su ingreso. Ya no dan conferencias solo en universidades públicas sino hasta en colegios privados de carácter católico, como en Las Bethlemitas, de Bogotá, y ante el reclamo de los padres de familia salen las monjitas a justificar que el guerrillero era solo uno de varios foristas invitados.

A su vez, la plenaria del Concejo de Bogotá negó por votación (20 contra 14) una propuesta para invitar a los cabecillas de las Farc a un foro en esa corporación, pero, igual que con el Plebiscito, la decisión fue burlada con una argucia barata: el sindicato del Concejo pidió prestado el recinto para un evento con presencia de los forajidos y la mesa directiva lo aprobó dos votos contra uno.

Como si fuera poco, las Farc anunciaron que no entregarán más menores, y ante la insistencia de los medios sobre el tema, el terrorista ‘Iván Márquez’, cuyos procesos judiciales suman más de 700 años de condena, dice que “eso es por joder, por molestar, nada más por tratar de generar situaciones polémicas”. Acaso, ¿para estos señores no existe la ley? ¿Será que el ‘bien supremo de la paz’ es tan valioso como para tanta claudicación, para tanta entrega, para someternos como borregos a tantas humillaciones? Tardaremos años en romper las cadenas con las que hoy nos estamos atando.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 31 de julio de 2017).

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Posted by Saúl Hernández

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