Hay una especie de polémica nacional a raíz del asesinato de un vulgar ladrón cometido por dos religiosas en un convento. Un canal de televisión nacional encuestó ciudadanos en todo el país para saber cómo califican los colombianos la acción de las monjitas y resulta que apenas el 61% se manifestó a su  favor. Sorprende que tantas personas (el 39% restante) apoyen al delincuente. Aquí parecen surgir dos interrogantes; el primero es si es correcto que una religiosa mate a un ser humano y el segundo es si es correcto que un ciudadano mate a un ladrón.

Del primero deben ocuparse los obispos y los doctores de la Iglesia Católica, del segundo nos debemos ocupar todos los colombianos de bien. Al respecto deben hacerse varias consideraciones: que la vida es el don más preciado de todo ser humano, que existe el concepto de «propiedad privada», y que el Estado incumple su obligación primaria de proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

Preservar la vida es una actitud que empieza por preservar la propia; si cuidamos nuestra vida podemos cuidar las de los demás. Juan Pablo II, en una de sus encíclicas, justifica el asesinato cuando es una respuesta a la actitud violenta del otro. Es decir, el ladrón buscó su muerte al ingresar a un ámbito privado porque puso en peligro la integridad de decenas de monjas. Así, a la acción del ladrón se produjo la reacción de las religiosas.

El suceso se originó al violar una propiedad privada, concepto que muchos colombianos parecen ignorar pues no se trata solamente del hurto calificado. Aquí ha hecho carrera robar libros en bibliotecas, salir de restaurantes sin pagar, no devolver las cosas que nos prestan y mil etcéteras. La inmoralidad popular ha fabricado frases como «las cosas son del que las necesita» o «no se sabe quién es más bobo si el que presta libros o el que los devuelve». Por eso es que en todo el mundo los colombianos tenemos fama de ladrones, incluso más que de narcotraficantes (¡qué vergüenza!).

Y como el Estado colombiano no es capaz de proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos le toca a uno armarse (que no es lo ideal), encomendarse a todos los santos y defenderse como las circunstancias lo ameriten: preparar, apuntar y disparar, porque nadie tiene derecho de meterse en domicilio ajeno y si uno no actúa puede terminar en Medicina Legal, acostado en una mesa de disección.

Me preguntó si ese 39% que no apoya a las monjitas serán los ladrones de Colombia o si tan sólo son compatriotas cándidos que ven en un ladrón a un pobre ser humano que da lástima cuando es asesinado. Lo cierto es que estas monjas se merecen el cielo y la Cruz de Boyacá porque si el Estado no aplica la pena de muerte, la tenemos que aplicar los ciudadanos de bien (el 61%) para salvar a Colombia de las tinieblas del crimen y de la ingenuidad. ♦

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Posted by Saúl Hernández

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