Nos escribe una madre preocupada: las cifras de accidentalidad automotriz entre los jóvenes se han aumentado de manera alarmante, dice. Los jóvenes se están matando en carro, las estadísticas son significativas. Ya hay campañas para exigir que se incremente la edad para expedir licencias de conducción y las madres de jóvenes víctimas claman: «¡no les den carro a sus hijos!».

Pero no. Hasta bonito sería que el problema de la juventud colombiana fuera sólo ese: matarse en coche como los muchachos gringos de la postguerra, como en la película de James Dean. Pero no, va mucho más allá. En los ochentas, promediando la década, los jóvenes de sectores marginados comenzaron a renegar de sus existencias inútiles, y del incierto futuro. Para ellos sólo valía el presente pero completamente anarquizado, sin restricciones.

Hoy, esa sensación de sin sentido se ha apoderado de los jóvenes de todas las clases sociales. Alguien diría que es un fenómeno mundial pero la situación del país es un magnifico escenario para que un joven no crea en nada ni en nadie. Una encuesta reciente de Carlos Lemoine (Centro Nacional de Consultoría) revela que los colombianos sentimos miedo cotidianamente, que los niños y jóvenes temen que sus padres salgan de las casas y no regresen más. La juventud ve incierto el futuro del país y sus propios futuros, tanto en lo económico —el subsistir— como en lo esencial que es respirar, o simplemente existir.

Qué bueno que el problema fuera creerse Juan Pablo Montoya las noches de fin de semana. Pero no, nuestra juventud tiene suficientes pretextos para el riesgo y la autodestrucción. Por eso beben más y a más temprana edad. Por eso no se conforman con las drogas ‘puritanas’ de otras épocas como la marihuana, los hongos, el cacao sabanero… Los de hoy fácilmente se inician con los más temidos narcóticos como heroína, LSD u otras creaciones de laboratorio como éxtasis o Rohypnol; llevan en los bolsillos lo que antes era intocable.

Si todo fuera creerse Montoya, pero no. Jóvenes de ambos sexos venden su cuerpo para comprar ropa, para pagarse los estudios o para no depender de su casa. Hay niñas que ‘lo dan’ por 6 mil pesos y otras que en una noche se levantan lo del semestre de la universidad. También hay quienes no cobran pero antes de los 18 ya tienen más experiencia sexual que el papá y la mamá.

Lo de acelerar el carro de papá no viene siendo nada cuando los jóvenes se arman y se juntan en combos, pandillas, barras o como se llamen, no sólo para atracar y delinquir de muchas formas sino para atacar, que es una forma hostil de relacionarse con un mundo que ellos consideran hostil.

Todos estos jóvenes tienen algo en común y es la ausencia de los padres: están solos inventando su propio mundo porque éste colapsó. Ya no hay una juventud contestataria como la de los años sesenta, tal vez porque aquella no logró cambiar nada. La de hoy sólo quiere vértigo y adrenalina, prefieren matarse en un ‘bungee jumping’ o sacándole revoluciones a un carro antes que recibir un balazo en cualquier esquina.

Además, la educación no ayuda. A la juventud la ‘educa’ el televisor. Nuestro sistema educativo es pésimo, todavía está anclado en las banalidades: los nombres de las capitales europeas, el gentilicio de los nacidos en Mozambique, el año en que Bolívar murió, el autor de La Vorágine… Las ciencias básicas se rajan, el segundo idioma es privilegio de pocos, la promoción de artes y oficios es inexistente, filosofía, comportamiento y salud, y cultura cívica son materias que se evalúan, pero no se utilizan para educar. Hablar con un joven es como echar el Titanic a navegar en un charco; no tienen nada en la cabeza, ¡puro aserrín!

La mayoría de padres creen que a los hijos los educan en el colegio y no es así; al niño se le debe educar en la casa, el colegio es apenas para instruirlo en temas muy puntuales. Al niño es posible educarlo, al joven es muy difícil y los padres parecen ignorarlo: al pasar de los doce años el adolescente se ve enfrentado a descubrir por sí mismo la vida; sexo, drogas, armas, delincuencia, muerte, etc., porque todo eso al niño se le oculta.

Y, señora, el mal ejemplo cunde, ¿qué se le puede pedir a un muchacho que sabe que su papá es un mafioso, un corrupto, un asesino? Lo del exceso de velocidad es apenas nada pero no se le puede pedir a una madre que se resigne, si su corazón le dicta que prohibir es lo correcto está en su derecho pero sería preferible educar. Si usted educa a sus niños no sufrirá con sus jóvenes; ahora, si sus niños crecieron solos, ya no se preocupe, ya es demasiado tarde.

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Posted by Saúl Hernández

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