Se había previsto con antelación que la respuesta de las Farc a la implementación del Plan Colombia iba a ser sangrienta. Los ataques criminales a municipios de Huila y Tolima (Algeciras, Colombia, Santa María, Alpujarra y Roncesvalles) así lo demuestran. La primera arremetida ocasionó la muerte de cerca de medio centenar de colombianos entre policías, civiles y guerrilleros y la destrucción casi total de cinco pueblos. Por eso, ha llegado la hora de las definiciones: el Gobierno debe proponerle a la guerrilla algo que ésta no pueda rechazar para frenar la barbarie, y si ésta no acepta solicitar la intervención de la comunidad internacional.

Tal vez la mejor propuesta es la del sostenimiento económico de los grupos guerrilleros por parte del Estado hasta que se reinserten a la sociedad civil, y es buena por muchos motivos. Las Farc podría tener 20 mil efectivos en todo el país, una propuesta generosa sería la de pagar un millón mensual por cada hombre; 20 mil millones de pesos mensuales, 240 mil millones por año, porque el proceso no va a durar 15 días. Aún así es menos que los 290 mil millones que dilapida cada año el Congreso, por mencionar sólo uno de los entes estatales inútiles y gravosos.

Si la guerrilla aceptara —no sólo las Farc sino también el Eln—, esa cifra sería ínfima frente al ahorro que representaría en todos los órdenes, como en el presupuesto de las Fuerzas Armadas que podría reducirse notablemente y dotar al Gobierno de recursos para la educación, la salud y las obras públicas que se requieren para brindar empleo y hacer que despegue la economía. En otros ámbitos, la cesación de actos de guerra, incluyendo la toma de pueblos, los secuestros y la destrucción de infraestructura pública, produciría efectos directos e indirectos muy positivos para la economía y la sociedad.

Ahora, tal vez esos 20 mil millones sean muy poco para una guerrilla financiada con el tráfico de narcóticos, lo mismo que para los productores, los comerciantes y los traficantes de armas para quienes Colombia —en guerra— es un buen negocio. También es muy poco dinero para la clase política corrupta a quienes les conviene que el país se mantenga en el caos y la confusión, lo mismo que para los paramilitares, cuya promesa de desmovilizarse inmediatamente lo haga la guerrilla no se puede creer tan fácilmente. Financiar a la guerrilla a cambio de acallar los fusiles es necesario y conveniente para la sociedad civil pero es inconveniente para los actores de la guerra porque ellos no saben hacer otra cosa y no estarían muy dispuestos a ceder el poder que les da el conflicto.

La otra propuesta, más de fondo y demorada pero definitiva, sería promover la independencia de un territorio colombiano para que las Farc constituya un país. Al igual que cuando se construye una represa habría que trasladar pueblos y comunidades enteras que, seguramente y a pesar de todo, van a preferir continuar perteneciendo a la vieja Colombia, esperanzados, como siempre, en un futuro mejor. Nosotros aquí, ellos allá, con reconocimiento internacional y pactos de paz firmados ante la comunidad mundial. Así, el cáncer queda erradicado para las dos partes.

Cualquiera de las dos ideas puede parecer disparatada pero son mejores que seguir como estamos. Sin embargo, está claro que ninguna tiene asidero en la Colombia de hoy. Lograr la cesión de un territorio en un país que no ha podido hacer una reforma agraria en casi 200 años es ilusorio, además porque existe una falsa concepción de soberanía y tenencia de la tierra. Lo otro, la financiación, tampoco es factible porque conduciría inevitablemente hacia la paz con la subversión armada. Si la guerrilla cesa toda hostilidad y se deja financiar se habrá dado un paso definitivo para alcanzar la paz en Colombia pero la soberbia guerrillera no tiene límites y después de 40 años de lucha no se van a vender por unas monedas, que no son pocas. Ellos están tras el poder, en su búsqueda, y no detrás de un acuerdo que les permita comprar un taxi o poner una venta de empanadas.

Como se infiere entonces que a mediano y corto plazo, estamos en la sin salida, es necesario que intervenga la comunidad internacional porque somos incapaces ya de erradicar comportamientos bárbaros que producen heridas que no sanan jamás y porque el Plan Colombia no es tan impresionante como nos lo han pintado y menos para pensar que vaya a restringir el poder militar de la subversión. Con mandar helicópteros a erradicar coca no se compensan los pueblos en ruinas que deja la guerrilla a su paso ni el dolor de los que le sobreviven a sus muertos.

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Posted by Saúl Hernández

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