Como aún estaba joven se fue a trabajar a EE.UU., corrían los años cincuenta. Trabajaba 16 horas diarias y se daba pocos gustos. Todo, o casi todo, lo ahorraba porque nunca se casó ni tenía por quién velar. Con los años, se pensionó también en el sistema de seguridad social norteamericano y le quedaron para la vejez las dos pensiones y unos ahorritos, casi todos representados en acciones del mercado de valores criollo.

La liquidación de las acciones de Bavaria ascendió a la nada despreciable cifra de 680 millones de pesos, lo que en principio despertó desconfianza entre los comisionistas. Rápidamente se demostró  que todo era legal pues era tenedora de títulos desde los años treinta. Además, descontando las ganancias por el crecimiento de la Bolsa en los últimos años, se podía concluir que su enriquecimiento no era tan notorio.

En 2005, las inversiones de bolsa crecieron casi un ciento por ciento. Entre 2003 y 2004, el crecimiento también fue notable y eso, aunado a la valorización de las acciones por la controvertida ‘fusión’ con SAB Miller —operación mediante la cual se encubrió la venta y se dejó de pagar cuantiosos impuestos al fisco—, convirtió un patrimonio de algo más de cien millones hace unos años en una buena fortuna. Las acciones subieron mucho más del costo real que las empresas tenían en libros pero eso siempre se revierte, la burbuja siempre se rompe.

Basta recordar el caso del Nasdaq por allá empezando el milenio, cuando la gente le dejó de comer carreta a las llamadas ‘punto com’. Había un colombiano llamado Kaleil Isaza que llegó a tener una punto com valorada en más de 200 millones de dólares sólo porque la idea parecía genial: era un portal para pagar impuestos al Estado norteamericano. Hoy no vale un centavo y en proyectos parecidos, inversionistas perdieron miles de millones de dólares cuando la ‘burbuja tecnológica’ se desinfló.

Colombia no ha escapado a la fiebre de la Bolsa, producto de la alta liquidez que produjo la recuperación económica y las bajas tasas de interés, entre otras razones. El crecimiento de las acciones y su rentabilidad atrajeron a inversionistas novatos acicateados por el sueño de doblar su patrimonio en pocos meses. A fines de 2005, expertos argumentaron que el mercado accionario se había convertido en una burbuja que inevitablemente iba a explotar. Todos hicimos caso omiso pensando con el deseo de que la recuperación económica no se fuera a estropear con un descenso estrepitoso de los valores bursátiles pero el nerviosismo de los que buscan en la Bolsa un rendimiento inmediato hizo funcionar a la perfección la ley de la oferta y la demanda: había muchos vendedores y pocos compradores, de manera que se reventó la burbuja y los precios cayeron aunque no del todo, la mayoría de las acciones aún representan un valor por encima del real de las empresas.

La lección que debería quedar es que la economía es una ciencia algo inexacta y tan difícil de predecir como el clima. Además, que la inversión en Bolsa debe ser de largo plazo y no debe ser la única opción. Eso implica reconocer y asumir el riesgo. Por cierto que mirar el precio de las acciones no basta; se debe invertir en buenas empresas y estar pendientes de su desempeño, no del valor de sus acciones. Pero quien no quiera riesgos es mejor que no piense en la Bolsa ni en mercados de divisas sino en tradicionales CDT o en mantener la plata bajo el colchón.

¿Recuerdan la anciana de la que les hablé? A lo mejor invertir a largo plazo tiene su premio y ella lo recibió. Eso sí, yo me habría gastado esos ahorros estando más joven y no a tan avanzada edad, cuando ya para qué. A la venerable anciana que jamás tuvo familia le acaban de aparecer dos sobrinas cincuentonas que aún están en condición de disfrutar los ahorros de alguien a quien nunca alzaron a ver en la vida:  es que nadie sabe para quién trabaja.

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 26 de junio de 2006 (www.elmundo.com).

Posted by Saúl Hernández

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