En 2012, el Tribunal Superior de Bogotá conminó al Ejército a pedir perdón por el holocausto del Palacio de Justicia. En ese momento, el presidente Santos dijo que era “a Belisario y a nuestro Ejército a quienes deberíamos pedir perdón”. Sin embargo, el viernes anterior, Santos reconoció la responsabilidad del Estado colombiano y pidió perdón por esa acción terrorista que cometió el M-19 hace treinta años, y el expresidente Betancur expidió un comunicado en los siguientes términos: “Pido perdón porque hoy sé que mis actuaciones causaron inmenso dolor a los familiares de las víctimas y tanto dolor histórico al país, y reitero que haría cualquier cosa para aliviarlo. (…)he estado siempre a disposición de la justicia”.

Valga decir que la ‘justicia’ siempre ha estado dispuesta a cazar chivos expiatorios y castigar a los que le han obstaculizado el camino a la subversión. Plazas Vega y Arias Cabrales no solo están injustamente presos sino que a Plazas le están postergando indefinidamente el recurso de casación que interpuso ante la Corte Suprema de Justicia y cuyo fallo —según ha trascendido— le sería favorable, a menos que esa corte decida fallar de nuevo no con criterio jurídico sino por “conveniencia política”, como le gusta a su presidente Leonidas Bustos.

El fiscal general Eduardo Montealegre —el que pertenecía a la Juco, las ligas menores de la subversión— corrió a hacer nuevas imputaciones contra 14 militares luego de que aparecieran los restos de tres ‘desaparecidas’, hace solo tres semanas. Tenía que tapar de alguna manera que estos hallazgos, y los que seguirán surgiendo, ponen en evidencia las mentiras sobre los supuestos desaparecidos. Y ahora enfila baterías contra funcionarios del gobierno de Betancur, llamando a rendir indagatoria a los exministros Noemí Sanín, Enrique Parejo y Jaime Castro (si no llama a Belisario es porque carece de fuero para hacerlo). Pero tanta acuciosidad no le alcanza para citar a quien tiene muchas cosas que explicar sobre el retiro de la vigilancia policial del Palacio dos días antes de la toma: el hoy negociador de Paz Óscar Naranjo, quien por entonces era el responsable de su seguridad.

El hecho de que la intención de tomarse el Palacio se hubiera conocido con antelación —como consta en la prensa de la época— y que la vigilancia se hubiera reforzado por solo unos pocos días ha originado la absurda teoría de ‘la ratonera’, según la cual los militares (y la Policía) retiraron la seguridad para facilitar la toma y acabar con los guerrilleros adentro. Una tesis quimérica que le sirve a la izquierda para trasferir la culpa del holocausto a la ‘derecha’, inventando la narrativa de ‘la retoma’ y, por supuesto, de los desaparecidos. Los del M-19 eran unos guerreros curtidos, decididos y muy bien apertrechados como para que  hoy se les quiera ver como unos boy scouts que cayeron en una celada elemental.

La vigilancia bien pudo retirarse por otras razones, como por infiltración subversiva en las instituciones, por ‘estímulo económico’ (no se olvide que la toma fue financiada por Pablo Escobar) o por simple negligencia, el pan nuestro de cada día. Colombia es el país de las muertes anunciadas, pero no evitadas. Hasta la tragedia de Armero, ocurrida una semana después, estaba anunciada y nada se hizo para evitar tantas muertes, así que no hay que meterle tanta picardía al asunto. El Ejército pudo incurrir en excesos, pero la responsabilidad es de quienes perpetraron el holocausto: el M-19 es el único que debe pedir perdón.

Para terminar, sorprende que el tema de los falsos desaparecidos del Palacio siga siendo alimentado a pesar de los recientes descubrimientos que echan al piso todas esas absurdas invenciones. Y que se le siga dando importancia al principal promotor de esta ficción, el exguerrillero del M-19 René Guarín Cortés, quien ya ni siquiera niega (ver entrevista en El Colombiano, 6/11/15) que su hermana Cristina, cuyos restos están entre los que aparecieron recientemente, también era guerrillera, igual que su padre y hermano.

Las imágenes de supuestos desaparecidos saliendo vivos son tan difusas, vagas e indefinidas como las de los ovnis, Pie Grande o el monstruo del lago Ness. En cambio, entre las imágenes nítidas de un centenar de rescatados no hay un solo desaparecido. La conclusión es obvia. Ya es hora de que nos detengamos, treinta años es mucho tiempo para mantener una farsa que le ha hecho tanto daño al país.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 9 de noviembre de 2015)

 

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Posted by Saúl Hernández

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