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La narrativa del supuesto conflicto colombiano es una engañosa estratagema urdida con el fin de justificar a los violentos cada vez que estos se exponen a una derrota política o militar. Esa narrativa se centra en dos aspectos fundamentales como son la génesis del tal ‘conflicto’ y la aparente necesidad de una solución negociada.

En cuanto a lo primero, es una vulgar mentira el cuento de que el conflicto colombiano se dio como resultado de las condiciones injustas de exclusión y explotación de las clases bajas por parte de la oligarquía. Todo eso es carreta, hay países más pobres y más excluyentes que no han tenido, ni por asomo, procesos revolucionarios similares. La pobreza, per se, no es causa de violencia ni la justifica.

Lo que sí hubo aquí fue un grave caso de violencia bipartidista que tiene unas raíces en las sucesivas guerras del siglo 19. Ahí aparecieron diversos fenómenos de bandolerización, como las guerrillas liberales y las autodefensas campesinas, que posteriormente serían infiltradas por el Partido Comunista y recibirían apoyo de Moscú y La Habana para prender el polvorín. Nuestras guerrillas son un producto, ya trasnochado, de la Guerra Fría, y su objetivo no es luchar por la justicia social sino implantar el comunismo. Los guerrilleros no son ‘criminales altruistas’, o sea de esos —si es que los hay— que “matan para que otros vivan mejor”, sino verdaderos fanáticos dispuestos a lo que sea con tal de imponer su proyecto totalitario.

Con respecto a la solución negociada, este embuste de apariencia moral se erige cada cierto tiempo como el salvavidas de una guerrilla fracasada. La mentira consiste en señalar que ni la guerrilla puede derrotar al Estado ni este a la guerrilla y que, por tanto, no solo el pragmatismo sino la moral exigen un acuerdo que evite malgastar más recursos en la guerra y perder miles de vidas más.

Esa, sin lugar a dudas, sería una ecuación perfecta si no fuera porque la experiencia demuestra que un acuerdo indigno puede derivar en una guerra peor al estadio de violencia que se quiere superar, conducir a situaciones inaceptables de pérdida de las libertades o terminar en una degollina de un sector sobre el otro. Y, en el siglo 20, nadie hizo correr más sangre que los comunistas. Por cierto, cuando se habla de dignidad del acuerdo se hace referencia a los 50 millones de colombianos y a las instituciones legítimamente constituidas, no a 10.000 combatientes ni a 100.000 valedores que están esperando el triunfo de la revolución a través de la combinación de formas de lucha. Un país entero no se le puede arrodillar a una horda de asesinos que no representan a nadie.

Entonces se introduce el cuento del perdón y la reconciliación, como si no fuera notoria la perfidia de los violentos. Y a quienes no creen en el apaciguamiento les transfieren las cualidades de las fieras; si alguien no acepta la ‘paz’ a ciegas, es un guerrerista sanguinario que quiere meter a Colombia en un lodazal de sangre por otros 50 años y no se sabe cuántos miles de muertos.

Ese es el discurso catastrofista de los amigos de las Farc, el mismo que arreaban en 2002 cuando Álvaro Uribe lideraba las encuestas. Lo menos que decían era que iba a incendiar al país y que los muertos se contarían por miles. No obstante, Uribe recuperó un estado fallido y todos los índices de violencia disminuyeron dramáticamente. El país se reinstitucionalizó. Se llevó a la cárcel a los paramilitares. Se extraditó a miles de narcos. Se les dieron golpes contundentes a las Farc.

Hay quienes arguyen que Uribe fracasó en su promesa de derrotar a las Farc pero pasan por alto que estas fueron respaldadas por países vecinos, adonde movieron sus retaguardias, y que el Estado mismo está infiltrado por esta organización, sobre todo en la rama judicial. O, ¿cómo llega a argumentar un juez, sobre la masacre de Machuca, donde el Eln incineró a más de 80 personas, que la culpa la tuvo el tubo? ¿Y cómo llega la Corte Suprema a la proterva conclusión de que los computadores de ‘Reyes’ no sirven como material probatorio de la Farc-política?

De una falsa narrativa deviene una falsa paz.

(Publicado en el periódico El Mundo, el 27 de abril de 2015)

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Posted by Saúl Hernández

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