Desde el inicio del proceso de La Habana ha sido evidente que las Farc no tienen voluntad de paz; más bien, la intención de valerse del mismo para obtener réditos militares y políticos en su camino de alcanzar el poder. Poder y paz son cosas bien distintas, y fue Santos quien las buscó para meterlas en este artificio, no fue por voluntad de la guerrilla como esto comenzó.

La voluntad de paz es algo que se nota a leguas, es algo que se manifiesta en el propósito de enmienda, en el reconocimiento de los errores cometidos, en el ánimo de reconciliación con una sociedad que tiende la mano generosa… ¿Alguien ha visto eso en las Farc? En estos mil días de palabrería barata y hueca solo hemos sido testigos del cinismo y la insolencia de unos asesinos tan despiadados como desvergonzados. El día que se lanzaron los diálogos en Oslo (Noruega), un periodista les preguntó a ‘Santrich’ y ‘Márquez’ si estaban preparados para pedir perdón, y le contestaron con un sarcástico “quizás, quizás, quizás”. Y, hace pocos días, refiriéndose a la mal llamada Comisión de la Verdad, azuzaron el ambiente atizando el odio y la venganza.

¿Qué paz, qué reconciliación se puede esperar de quienes no reconocen la gravedad de sus acciones sino que buscan justificación para las mismas? ¿Puede darse un acuerdo digno para el país con quienes pretenden alcanzar impunidad total y privilegios políticos para acceder al poder? ¿Tiene sentido mantener un proceso farisaico en donde está en juego el futuro de todos los colombianos?

Es tan grave lo que pasa en La Habana que hubo que graduar de ‘enemigos de la paz’ a quienes expusimos la verdad; una argucia de quienes están en connivencia con el terrorismo, refundando el país, para solapar su accionar inmoral. ¿Acaso se es ‘enemigo del amor’ por considerar inconveniente que una mujer vuelva con un marido maltratador? ¿Se es ‘enemigo de la familia’ por impedir que unas niñas vivan bajo el techo de quien las viola? ¿Hay que tolerar un apaciguamiento falaz?

Ocultar la realidad es muy difícil. Ahora, el comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, reconoce que los “ataques de las Farc alejan a los colombianos de la paz”. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, rechazó los ataques y los catalogó de actos cobardes. El entrante ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, advierte que la paciencia de los colombianos “tiene un fin”. El senador Benedetti admite que el proceso hay que “destrabarlo o acabarlo”. Y el presidente del Senado, José David Name, expresa que esos actos “no son señales de paz” y que “si ocurre otro ataque de las Farc, el Gobierno debe levantarse de la mesa” (lo dijo antes de que asesinaran al coronel Ruiz). ¿Se pasaron de bando o es que la moral varía al ritmo de las encuestas?

Según la última encuesta de Datexco, del viernes anterior, solo el 11,8 por ciento de los colombianos cree que las Farc tienen verdadera voluntad de firmar la paz; y solo el 17,8 por ciento considera que se debe continuar con los diálogos.

Sin embargo, Santos está jugado. Dice que “las Farc se equivocan si creen que con terrorismo nos van a obligar a un cese bilateral”, pero que “también se equivocan quienes quieren forzarme a acabar los diálogos de paz”. La ofuscación y la ceguera convierten el valor de la persistencia en el vicio de la obstinación. Las Farc quieren humillar al país, arrodillarlo, y bien conocemos la máxima de Churchill.

No le falta razón a Juan Carlos Pinzón cuando dice que los guerrilleros tienen mentalidad de burros, pero pasa por alto el hecho, cada vez más incuestionable, de que la paz no les interesa… Ellos saben muy bien lo que hacen, son otros los que no saben lo que están haciendo.

(Publicado en el periódico El Tiempo, el 16 de junio de 2015)

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Posted by Saúl Hernández

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